¡Que llega la procesionaria del pino!

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  • 17 febrero, 2015

Ya está aquí, puntual como todos los años. Ya han empezado a aparecer por las aceras esas extrañas hileras de orugas que, graciosamente, parecen no llegar a ningún sitio a una velocidad prácticamente nula. Efectivamente, ya está aquí la procesionaria. ¿Cómo hacemos para eliminarla?

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Parece que fue ayer cuando, en el colegio, nos extrañábamos al ver una especie de ‘cuerdas’ esparcidas por el suelo. Qué asco al observar que, en realidad, eran orugas. ¿De dónde habían salido? ¿Cómo habían llegado hasta allí? Obviamente en aquel momento nadie nos había explicado que los pinos de alrededor podían tener algo que ver.

Nuestros profesores rápidamente nos explicaron –o, más bien, nos alarmaron- sobre su existencia. Mi recuerdo quizá sea demasiado vago, pero de lo que estoy seguro es de que me dijeron que, si te caía una en la cabeza, te podías quedar calvo. Y, por supuesto, y con el terror campando a sus anchas por el patio del colegio, ningún alumno se atrevió a acercarse a partir de aquel momento a ese horrible bicho.

Desde luego que, en la actualidad, aquel terror ha desaparecido dando paso a una especie de fascinación. Es un animal muy bonito, pero sus características hacen que la consideremos como plaga. Y es que es un animal muy dañino no solo para los pinos, sino también para los cedros y abetos –árboles que también habita-.

Sobre el ser humano también tiene efectos no deseados, principalmente derivados de los innumerables pelos que pueblan sus esponjosos cuerpos y que se encuentran recubiertos de una toxina: la Thaymatopina. Estos pelitos pueden provocar irritación en oídos, nariz y garganta, además de reacciones alérgicas.

Por esta razón es conveniente tener en cuenta esta plaga, sobre todo si tenemos a niños cerca de donde se ha desarrollado. Afortunadamente su eliminación, siempre que se realice utilizando los métodos más avanzados –que, además, son los menos intrusivos-, no es especialmente agresiva contra el ser humano.

Evitemos una generación como la mía en la que crecimos pensando que, por culpa de estos animales, nos íbamos a quedar calvos. Que la vida nos enseñe esa lección sin necesidad de echarle la culpa a unas orugas.

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